Los
símbolos son tomados como una parte fundamental de la existencia humana,
considerados como la búsqueda para hallar una explicación a los misterios de la
vida. Al no encontrar un lenguaje para interpretarla recurrimos a la
representación de símbolos. Vivimos rodeados de ellos, imágenes o ideas que
poseen un relevante carácter simbólico que muchos de nosotros no reconoce o
ignora su significado, por esta razón muchas veces desconocemos su sentido o
presencia.
Para
comenzar, se debe aclarar que símbolo y signo no son lo mismo. Una buena
definición se puede obtener del libro “Signos y Símbolos. Una guía ilustrada
de su origen y significado” que citare a continuación:
“Un
signo cumple su función de una manera directa: puede formar parte de un
lenguaje gráfico o de un código visual como el de las señas de circulación. Los
signos ofrecen un mensaje simple de relevancia inmediata y momentánea”
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Señal de Paso de Peatones
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Señal de tráfico habitual en zonas
urbanas y suburbanas que sirve para advertir a los vehículos de que hay
peatones en el área e indica las zonas demarcadas para el paso de peatones.
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Del mismo libro citado
anteriormente obtendremos la definición de símbolo:
“Un símbolo es una imagen que
representa una idea, que compendia una verdad universal. El fuego, por ejemplo,
simboliza tanto el Sol como la fuerza vital masculina que nos rodea, mientras
que una flor primaveral representa renacimiento, vida nueva”
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El fuego símbolo de guerra y
caos. Es activo y masculino. Considerado como el gran destructor, terrible y
devorador. Vinculado con el Sol. Sin embargo, se le da una dimensión dual, ya
que también simboliza regeneración y purificación.
En la alquimia se le
representa con un triángulo y es el último de los cuatro elementos. Representa
las fases cálidas y secas del proceso. Está asociado al plomo y simboliza la
transformación final.
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A veces se podría caer en el equívoco
de pensar que signos y símbolo son lo mismo y sus funciones son parecidas,
muchas veces ambas palabras se han usado para señalar lo mismo. Sin embargo, el
símbolo tiene una connotación más profunda, que va más allá de su apariencia y
naturaleza, representa o refleja algo más vasto que su simple aspecto físico. A
través de los siglos, los símbolos han gozado de un valor místico,
aproximándose a lo sagrado, debido a que sus cualidades en cierta forma se vinculan
con verdades que son consideradas más reflexivas y profundas.
Se ha establecido diferencias
graduales entre tres especies de símbolos:
a)
El convencional: constituido por la simple
aceptación de una conexión constante, desprovista de fundamento óptico o
natural.
b)
El accidental: está ligado a condiciones
transitorias, establecido por asociación por contacto visual.
c)
El universal: es el que se investiga y se
define a través de la relación entre el símbolo y lo que representa, esta
relación no siempre posee la misma intensidad, por lo que resulta difícil
definir los símbolos con exactitud.
Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario
de Símbolos nos advierte que es necesario delimitar el campo de acción
simbólica, ya que se puede dar una tendencia a confundir fenómenos que puede
ser semejantes, pero solo se parecen o tienen una relación externa. También,
nos dice que no todo objeto es simbólico o cumple una función simbólica y es
aquí donde los artistas o literatos comenten un error ya que intentan convertir
toda la esfera de la realidad en una interminable avenida de imperceptibles
correspondencias, casi en una obsesión de alegorías, sin llegar a entender que
lo simbólico se opone a lo existencial. Es decir, el simbolismo es verdadero y
activo en el plano de lo real, pero difícil de aplicar en el plano de la
existencia.
“La significación simbolista
de un fenómeno tiene a facilitar la explicación de esas razones misteriosas,
porque liga lo instrumental a lo espiritual, lo humano a lo cósmico, lo casual
a lo causal, lo desordenado a lo ordenado; porque justifica un vocablo como
universo, que sin esa integración superior carecería de sentido, desmembrado en
pluralismo caótico, y porque recuerda en todo lo trascendente”.
El objeto para ser considerado
simbólico debe posibilitar un análisis. Para ello se utilizan los siguientes
supuestos:
a)
Nada es indiferente. Todo expresa algo y todo
es significativo.
b)
Ninguna forma de realidad es independiente.
Todo se relaciona de algún modo.
c)
Lo cuantitativo se transforma en cualitativo en
ciertos puntos esenciales que constituyen precisamente la significación de la
cantidad.
d)
Todo es serial. La serialidad incluye el mundo
físico y el mundo espiritual.
Físico:
gama de colores, sonidos, texturas, paisajes, etc.
Espiritual:
virtudes, vicios, sentimientos, estados de ánimo, etc.
e)
Existen correlaciones de situación entre las
diversas series y de sentido entre dichas series y los elementos que integran.
Estos elementos son los que
nos permiten la concepción simbólica. Tener esto claro nos permite no confundir
el núcleo simbólico de un objeto o la temporal función simbólica que lo realce
en un momento dado.
Para completar la idea el
párrafo anterior utilizare el mismo ejemplo que pone Cirlot en su libro: la
espada y/o el color rojo. Primero está el objeto, separado de toda relación.
Segundo encontramos a el objeto unido a su función utilitaria y a su realidad
concreta en el mundo (de forma directa la espada, de manera indirecta el color
rojo manchando un manto, tela, etc.). Tercero se ubica lo que posibilita
considerarlo como símbolo, lo que llamamos “función simbólica”, que sería la cualidad
a relacionarse con las equivalentes situadas en los puntos correspondientes a
toda serial análoga, pero con tendencia de manera principal a designar el
sentido metafísico que concierne a ese aspecto modal de la manifestación.
En la última etapa aún se puede
diferenciar entre lo unido al símbolo y lo que pertenece a su significado
general. Muchas veces nos llenamos de múltiples alusiones que resultan ser
ambivalentes, pero jamás nos resulta caóticas, ya que se organizan en una
coordenada de ritmo común, es decir tiene una concordancia natural.
El simbolismo agrega un nuevo
valor a un objeto, sin quitar los valores propios o históricos de este. No
anula el valor concreto y específico de un objeto. No debemos incurrir en el
error al analizar su significado de contraponer lo simbólico de lo histórico. A
la vez, el símbolo es un vehículo universal, porque se propaga a través de la historia
y particular, porque corresponde a una época precisa. Se cree que ya en el
periodo Neolítico se volvió importante el conocimiento de lo simbólico. En
varias culturas occidentales siguieron con la búsqueda de lo simbólico, muchas
de ellas ligándolo a la astronomía y a la naturaleza. Durante la Edad media, el
simbolismo tomo un valor cultural. En el Renacimiento, se ve lo simbólico de
una manera más individualista y culterano, profano, literario y estético. El
Quattrocentro italiano, en su totalidad, demuestra en la pintura su atracción
hacia lo simbólico, que luego mutaría hacia lo alegórico en los siglos XVI a
XVIII. Fue durante el Romanticismo alemán que surge el actual interés por el
simbolismo, ya que durante ese periodo se desarrolló una importancia por la
vida profunda, los sueños y su significado.
El
simbolismo se ordena a través de su función explicativa y creadora, pero
siempre uniendo los mundos metafísicos y físicos. Una asociación entre el mundo
exterior y el interior, un influjo del mundo psíquico y el físico, una unión
del mundo espiritual y el material.